El ajedrez como herramienta pedagógica para la prevención del bullying.

El fenómeno del bullying afecta a muchos sectores de nuestra sociedad: al de la comunidad científica, a las principales agencias educativas, tales como la escuela y la familia, así como a la opinión pública. Muchos aspectos psicológicos se han estudiado hasta ahora: las principales características del fenómeno, como es la intencionalidad, la persistencia y la asimetría de poder entre las víctimas y los agresores, las consecuencias a corto y largo plazo en los que pueden incurrir los protagonistas del bullying, incluidos abandono escolar, baja autoestima y problemas psicosomáticos para las víctimas. Así como el desvío en las vías de crecimiento, violencia y dificultades relacionales para los autores.
Una dimensión interesante a la que los estudiosos han dedicado una atención especial está representada por las estrategias utilizadas por los agresores para escapar del sentimiento de culpa por las acciones violentas perpetradas y los daños contra sujetos más débiles. A través de la llamada “desconexión moral” el abusador intenta justificar sus propios actos, por ejemplo, mediante el reparto de la responsabilidad entre otros compañeros presentes, atribuyendo el error a la víctima o culpar a los maestros de una escasa capacidad para razonar o, incluso, hacer pasar sus propias acciones como chistes inocentes o formas sin maldad de tomar el pelo a los demás.
A la luz de estas consideraciones, ¿por qué el ajedrez se puede considerar un instrumento de prevención del bulling?
En primer lugar, el ajedrez es también un deporte que tiene una función de socialización; dentro del grupo el niño puede experimentar nuevas relaciones sociales en un contexto educativo en el que rige el principio de la igualdad (de manera diferente que en el bullying); Por otra parte, los papeles no son tan estáticos como ocurre con los agresores y las víctimas: en cada partida, todo se vuelve a poner en juego; se puede ganar y se puede perder. Este proceso es fundamental, no sólo para los agresores potenciales de forma que comprendan que no son invencibles, ni omnipotentes, sino también para las víctimas potenciales, que pueden experimentar en el tablero éxitos y aumentar, de esta manera, su confianza en sí mismos.
Moralmente, además, el juego de ajedrez transmite conceptos muy importantes para el crecimiento, tales como la responsabilidad y los límites. En cuanto a la responsabilidad, que, como hemos visto, a menudo escasea en los agresores, en el ajedrez, cada jugador tiene que elegir el movimiento y aceptar también una evolución negativa de la partida, a menudo causada en parte por sus propias decisiones. El ajedrez se lleva a cabo en un marco de reglas bien definidas, que actúa como un contenedor para el niño.

La agresión, de hecho, inherente a cualquier proceso de crecimiento, se puede canalizar en la competición, sobre el tablero, en el que puede tener lugar la más feroz de las batallas, pero no se puede manifestar a través de acciones violentas físicas o verbales.
Finalmente, la partida de ajedrez se desarrolla en un espacio y en un tiempo bien definido, que permite que el niño, desde edad preescolar, distinga entre la situación de la partida y la realidad: esto es un aspecto muy importante en la prevención del bullying, en el que parece que los abusadores tienden a subestimar las consecuencias de sus acciones y entenderlas, como juegos y chistes y, por lo tanto, como ficción.
Durante la aplicación de los proyectos ajedrecísticos en las escuelas de infantil y primaria, el juego del ajedrez, entonces, es muy adecuado no por ser “sólo” un juego y un deporte, sino que representa una verdadera oportunidad educativa que puede promover las vías de crecimiento.
Por supuesto, que para que el juego de ajedrez pueda realmente ser una valiosa herramienta educativa capaz de transmitir valores para el crecimiento, es fundamental el papel desempeñado por el adulto, sea maestro, educador, instructor o entrenador. De hecho, es el adulto el que crea el contexto de aprendizaje, en el que el niño, a través del juego, experimenta dentro de él mismo, e inevitablemente se enfrenta a su oponente. La calidad de la relación emocional entre el niño y el adulto, así como el poder de mando de este último son los ingredientes sin los cuales, el juego del ajedrez no puede mostrar plenamente su potencial educativo.